A falta de pan buenas son tortas

Morgan efectuando un buen lance con sus fabulosas varas e hilo de 0,14 mm

José trabajando una herrera que sucumbió ante una navaja bien presentada

José trabajando una herrera que sucumbió ante una navaja bien presentada

Después de unos meses en los que el trabajo y unos problemillas de salud nos han tenido apartados de la orilla, ayer por fin pudimos salir a probar suerte. Precisamente estas salidas, tras una larga sequía forzada, son las que más valora un pescador. Por un lado tenemos la ilusión de planear la pesca y por otro las ganas de sentir de nuevo la brisa del mar y la relajación que proporciona el sonido de las olas. Tras la propuesta de unos amigos nos decidimos a tentar a las grandes doradas que ya empiezan a dar la cara, aunque siempre de forma esquiva, como es característico en ellas. El escenario el pesquero de toda la vida y como cebos no podían faltar americanos, titas, navajas, lombriz de arena,y funda. Al final por diversos motivos solo pudimos acudir tres amigos. Decidimos acudir pronto al pesquero ya que esta playa últimamente, y por desgracia, se ha convertido en lugar de peregrinación de diversos clubs pensando que los peces son tan abundantes como muestran un par de documentales que ofrecen una imagen inflada de la realidad. Hicimos bien, ya que al ponerse el sol la playa parecía una feria o un aeropuerto en plena actividad con cientos de luce s de colores y fluorescentes, refugios, tiendas de campaña y procesiones de pescadores desde la silla a la caña.

A la caída de la tarde ya teníamos montadas nuestras cañas y los cebos en el agua. Cada uno con nuestra forma de pescar característica : Morgan con grandes lances buscaba con cebos blandos en una caña y con tita en otra a los esparidos, José, más selectivo se decantó por presentar una buena tita de canutillo o palangre bien licrada y una apetitosa navaja buscando a las cabezonas, un servidor también optó por probar con tita Bibi en una y por arena, Americana y funda, alternando bajos con dos anzuelos largos, uno con gambeta larga y otros con boya hasta saber como estaba el pescado.

Como buenos aficionados intentamos tener controlados, en la medida de lo posible, todo lo que se puede controlar en la pesca: mareas, tablas sollunares, equipos bien engrasados, predicción tiempo… Todo ello con la máxima ilusión y nuestros aperitivos que compartimos como buenos amigos nos brindaron una noche inolvidable. La cosa empezó bien y pronto Morgan puso en tierra dos herreras de buen porte, que aunque no eran doradas dieron un buen combate. En esta playa es frecuente que se alternen largos periodos de actividad nula con pequeños momentos que en ocasiones son frenéticos y que suelen coincidir con el encuentro de un banco de Herreras. Así decicidi montar un bajo doble con catalana y buscar a las amigas de rayas. Pronto se produjo la picada y un doblete. Tras un largo periodo de sequía llego el susto de la jornada. 

En pleno silencio, mientras compartíamos anécdotas y bromas, sonó como un estruendo uno de los carretes de José (ya nos imaginábamos lo mejor, él estrenaba bobinas con carracas nuevas, y comprobamos que funcionan muy bien). De cebo navaja licrada, el carrete soltaba hilo, lastima que no era una dorada, sino otro bello ejemplar de herrera. Así se fueron sucediendo las picadas, primero con la pleamar a menos distancia y luego incrementando los metros coincidiendo con la bajada paulatina de la marea.

Si bien no tocamos doradas si pasamos una noche muy divertida ya que las voraces herreras no hicieron ascos al menú que les teníamos preparado.

 

 

 

 

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