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Lithognathus mormyrus: la excepción que confirma la regla.

Anoche decidimos planificar una salida cargados de ilusión y buen cebo hacia uno de nuestros pesqueros favoritos, ya que allí el poniente ofrece aguas calmadas y noches serenas, ideales para buscar las herreras y doradas. Uno de nuestros amigos, que ayer no pudo asistir, bromeo deseándonos mal tiempo, algo que desafiaba todas las predicciones. La profecía se cumplió, y su broma dejó de serlo cuando vimos que arreciaba el levante removiendo el fondo y arrastrando algas como árboles. Lo que nos hizo plantarnos abandonar el pesquero. Dicen los pescadores de la zona que las herreras no suelen comer con aguas tan tomadas, pero anoche en los raros que las algas nos dejaron picaron con fuerza y una vehemencia y voracidad hasta ahora desconocida para mi. El mar nos regaló cuatro buenas piezas con rayas, que ofrecieron una dura pelea, lo que nos hizo pensar (las 4 veces) que podía ser lo que de verdad buscábamos…

Además tuvimos una fuerte picada en la lombriz de funda, que cruzó un par de cañas incluso pero que desafortunadamente no clavó.

La nota curiosa y esperanzadora de la noche fue que capturamos una preciosa dorada, casi recién nacida, que tras fotografiar devolvimos al mar esperando que nos volvamos a encontrar una vez haya cumplido con el ciclo vital.

 

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